lunes, 17 de noviembre de 2008

CARNE Y COLOR

Es para la cuestión “carnidica” que el Museo Nacional de Arte presta sus grisáceos muros a sus propias obras y a las del Mesee, de Beaux-Arts de Renes, que, en un esfuerzo conjunto, llevan al público mexicano uno de los motivos pictóricos que mas puede hacer vibrar el espíritu: la carne y el dibujo.

Dibujo y pigmentos, figura y color, carne y sustancia pictórica, son los elementos protagónicos de esta exposición que ofrece un bagaje artístico entre los siglos XVI y XX que no busca otra cosa que empapar la retina y la conciencia del cambio evolutivo del arte en materia policromática, temática y técnica.
Es la escuela Italiana del siglo VI quien apertura el viaje por la historia narrada en pinceladas. Su perspicaz lucha por la representación física perfecta, hace de las escenas de martirio y los mitos, la mejor plataforma para exhibir la grandeza de la desnudez humana y con ella de la carne.

Insospechables muestras técnicas se posan sobre la fuerza de los músculos tensos por el dolor y los voluminosos cuerpos femeninos que juega a esconderse tras prendas que no se ven suficientes para cubrirlas.

Obras como las de Lubin Baugin no solo se bastan con plantearnos una paleta constituida de tonos minio, cinabrio y carmín, sino que la búsqueda por el detalle les lleva a usar tonos verdes para dar sensaciones de transparencia en los matices de la piel, evidenciando los suaves tonos de las venas.

Artistas como Luca Giordano no ensenan como los tonos cálidos de la carne explotan y amenazan al ojo con salirse del lienzo, al ser colocados en fondos obscuros y obras como la de Francesco Barbieri demuestran que las transparencias de la tela en el cuerpo femenino, no solo dan un toque sensual a la composición, sino que exaltan los valores tonales de la piel. Siguiendo esta naturaleza de discurso pictórico, los pasos vagos del espectador se topan con un Pablo Picasso que rompe de tajo el minucioso trabajo de los artistas italianos y nos ofrece la erupción estética de la improvisación y la espontaneidad. Con trazos agiles de un pincel acuoso, picazo nos brinda un bosquejo del cuerpo de una mujer de manera monocromática, preocupado solo por las sombras y las luces, medianamente trabajadas al calor de las sintéticas líneas que lo conforman.

Con este trabajo la exposición prologa el cambio de tema: Primeramente una sal que aborda dibujos a carboncillo, temple y lápiz, deja ver la distinción entre el dibujo y el color. Si tuviera yo que describir lo vivido en esa exposición, podría decir que la aplicación del color es la transmisión mas vivida y emotiva del sentimiento artístico, y por el contrario, el dibujo es un ademan racional, concreto y helido, que no da mas que la imagen vertida en la ecuación anatómica; eso es el dibujo italiano del siglo XVI y XVII, un gran aisberg rebosante de estática belleza que surgen como estudio previo a las grandes obras de los maestros.

Al salir de dicha sala, la explosión de la paleta impresionista nos deslumbra. Paul Gauguin y Camille Corot hacen a un lado los cuerpos y sus luminosos volúmenes para darnos una lección de lo más abstracta: Como pintar la hora del día. El bodegón de Gauguin y el paisaje de Corot resuelven la composición no tanto en la forma concreta de los objetos, sino más bien, en las luces que rocían los contornos de los mismos; y a su costado, un Georges Lacombe nos regala una ola repleta de influencias de la estampa japonesa. Con esto comenzamos a distinguir un cambio progresivo en los temas de composición. Las plastas de color, las escenas cotidianas y las policromadas figuras geométricas suplantan las escenas de martirios y personajes mitológicos del siglo XVI y XVIII, aunque en medio de esta encrucijada de revoluciones artísticas, en la sala contigua el área didáctica, los artistas mexicanos José Guadalupe Montenegro y Manuel Ocaranza nos dan una lección a comienzos del siglo XX, de cómo la minuciosidad y perfección en la técnica clásica generan un impacto tan grande como el generado por las obras vecinas de Diego Rivera, Siqueiros, Orosco y el Doctor Atl . Los niños desnudos, casi andróginos de Montenegro y Ocaraza llenan de nitidez y claridad una sala que la violencia de Siqueiros y la obscuridad de Orosco se esmeran en aniquilar.

Y al calor de este dialogo intenso, que no siempre lleva a la complementación, surge la polémica que, podría jurar, busca provocar la exposición: ¿En que medida la anulación de la técnica, la proporción, el detalle y el método que obras como “la noche se abre” de Genevive Asse manejan, implican la muerte o la depuración de la perfección artística?

Dice Guillaume Apollinare: “… El arte hoy en día es austero y hasta el cenador mas remilgoso no podrá encontrar nada que criticar” y por otra parte Siqueiros, con respecto a estos cuestionamientos objeta que el artista y con el su arte, tiene que resolver su trabajo en función de los materiales de su era, de tal modo que encontramos un Siqueiros trabajando con fotografía y proyectores o un Jackson Polloc produciendo con palos y goteros, medios que jamás podrán darnos la perfección estilística de la obra de Luca Giordano o José Guadalupe Montenegro… Que es el arte entonces: ¿La forma en que nos valemos de los materiales y la técnica para someter las intuiciones estéticas percibidas? O por el contrario ¿ mas bien el modo en que nosotros sometemos a los materiales y a la técnica a las exigencias de nuestra intuición estética? ¿Son los materiales y las leyes del razonamiento traduciendo al espíritu? ¿o es el espíritu quien, no para traducirse sino por necesidad, toma arbitrariamente lo que le sirve en función de su instante estético? Las cuestiones las dejo en la mesa y me limito a invitarles a juzgarlo y reflexionarlo por ustedes mismos del único modo que el arte puede ser tratado: cara a cara, carne con carne, pues el arte, en todas sus facetas, antes de ser pensado es sentido y no solo eso, también es vivido.

Oswaldo Aguilar Navarrete

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